Echando un vistazo a las decenas y decenas de imágenes realizadas en el pasado, a veces (y desgraciadamente sólo a veces), salen algunas que aún me siguen gustando. Siempre recuerdo mi etapa descubriendo el retoque fotógrafico como la más oscura, decadente y terriblemente hortera que que podido experimentar a nivel visual. Aún a a pesar de ello retengo esa fase de mi trayectoria con cariño (y mucha vergüenza), porque gracias a los excesos y a las ampulosidades varias que he llegado a meter en las fotografías, he ido descubriendo que no me gustan y que quiero hacerlas desaparecer de mi existencia para siempre. Adoro Photoshop y las infinitas posibilidades de este programa, pero es necesario saber dónde está el límite y cómo usarlo para no cagarla soberanamente.
El caso es que haciendo un repaso a algunas de las carpetas perdidas en mi disco duro me he encontrado con esta imagen de paisaje y de repente me he acordado de que tengo una serie pendiente que nunca he llegado a terminar y que tendré que retomar en algún momento.
Llevo unos meses preocupantemente obsesionada con la fugacidad del tiempo. Creo que haber entrado de manera inminente en la década de los treinta me ha deprimido tanto que ahora no puedo dejar de pensar en lo jóven qu un día fuí y en lo vieja que seré antes de que pueda ser consciente de ello.
La vida es como una ráfaga de aire que se desliza resbaladiza entre nuestros dedos, no se puede atrapar, ni embotellar, sólo disfrutar en lapsus de felicidad, tristeza o pasividad.
Así que buscaré entre las ramas de los árboles (cuando pase la primavera, que ahora con la alergia me siento hundida y sin energías positivas entre los parterres y la hojarasca) esos recortes de instantes para terminar/empezar la colorida, turbia y desenfocada serie que siempre martillea en mi cabeza.
Por el momento, solo desearos buenas noches, felices sueños y ladrillazos de amor.