
Filtros de sed fustigaban sus delicadas manos. De entre las yemas rebalanban, frías, gotas de sudor, siempre provocado por el ardor de sus deseo. Cada mañana, al despertarse, abría los ojos, solo un poco, nunca del todo, para que el impacto provocado por la dosis diaria de realidad no la matara de pronto.
Acercandose la tarde, una irrefenable ansia de desaparecer penetró en lo más profundo de su alma, entre los pliegues de su ropa, entre cada bocanada de aire seco que ingería. Supo entonces que todo había dejado de ser todo y 'nada' se comería a cucharadas la miel de sus labios, el rubor de sus mejillas, el regaliz de su aliento.
Me encanta!
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